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"EL EMBARAZO Y LA MATERNIDAD EN EL MÉXICO PREHISPÁNICO"

  • Corresponsal de "Al Dia"
  • hace 2 días
  • 6 Min. de lectura


Con motivo del Día de las Madres, hoy hablaremos del embarazo y la maternidad en el México prehispánico, tomando en cuenta que tanto el embarazo como el nacimiento de un nuevo individuo ha sido el evento social más importante en todas las culturas a través de la historia.

El cuidado de la mujer embarazada significó un rol social importante desde épocas ancestrales en nuestro país, dando origen a las madrinas, comadronas o parteras (tlamatlquiticitl en náhuatl). Si bien, nunca se obtuvieron explicaciones completas para cada uno de los fenómenos que ocurrían durante el embarazo y el parto, fueron quienes pusieron los primeros cimientos en el arte de la obstetricia, que quizá sea la primera especialidad en el campo médico dentro de la humanidad.

Dentro de las culturas prehispánicas de nuestro país, el cuidado de la mujer embarazada se ve envuelto en eventos místicos, fenomenológicos y epistemológicos, en el que las parteras jugaban un papel sumamente importante. Ciertamente, se trataba de un evento de vida o muerte, por ello, el acompañamiento durante el parto era fundamental.

En las culturas prehispánicas, el embarazo y parto suponía una experiencia en la vida de la mujer similar a lo que experimentaba un guerrero que luchaba por su pueblo, así mismo la capacidad de dar vida se equiparaba con el poder de la fertilidad de la tierra.

Las madres eran la esencia de la sociedad y responsables de la supervivencia del pueblo, dado que eran las encargadas, además de la reproducción, de la educación, la crianza y eran grandes proveedoras en las casas.

Históricamente, la arqueología mexicana ha sido la encargada de descifrar la cotidianidad de las sociedades prehispánicas. Dentro del arte prehispánico se plasmó la importancia de la fertilidad dentro de estas sociedades, ya que es posible apreciar las numerosas figurillas con vientres embarazados, dando a luz, madres lactando o simplemente cargando a sus hijos bajo su reboso

Se consideraba que la fertilidad femenina guardaba una estrecha conexión con la tierra fertilizadora, lo cual queda plasmado dentro de la ideología mexica en el caso de Coatlicue, quien era madre de todos los dioses del panteón azteca y una forma de diosa en la tierra, madre de Huitzilopochtli, el dios del sol y de la guerra. Se representa a Coatlicue como una madre bondadosa, de quien en su seno nace todo vegetal, es sinónimo de la tierra fértil y del origen de la vida.

La partera solía visitar con regularidad a la mujer embarazada a su casa, en donde la examinaba y la orientaba acerca de los cuidados durante el embarazo que debía de seguir. De la misma forma, la partera educaba durante el embarazo sobre los cuidados posteriores a este y que se debían de tener con el recién nacido

A partir del séptimo mes, la partera debía examinar a la embarazada, con el fin de comprobar la posición del feto. En caso que éste se encontrase en una posición anómala, la embarazada debía de sumergirse en aguas junto con la partera, con el fin de realizar maniobras para enderezar en una posición correcta al feto.


La mujer embarazada recibía apoyo de la comunidad en las tareas domésticas, sobre todo por parte de las vecinas, quienes se encargaban de ellas. Era importante que la embarazada evitara realizar esfuerzos excesivos, enojos o que recibiese algún espanto, ya que esto podría conllevar a que el embarazo se abortase o bien, que el feto recibiera algún daño.

El nacimiento también estaba rodeado de misticismo e influencia religiosa. Para iniciar el trabajo de parto, la partera hacía una invocación llamando a sus dioses, a la tierra y al tabaco para vencer al dolor. La diosa Nochicahua era la encargada durante el trabajo de parto y protectora de los niños, así como de la vida.

Para el control del dolor, se empleaban sustancias como una cola de tlacuache molida y mezclada con agua para ayudar a regularizar el trabajo de parto y facilitar la extracción del feto. En caso que la mujer embarazada experimentara dolores insoportables, la partera le preparaba infusiones con Cihuapatli (Montanoa tomentosa), una hierba que tenía la virtud de empujar hacia afuera al feto.

Para dar a luz, las mujeres del centro de México adoptaban una posición en cuclillas y la partera se colocaba detrás, sujetándola para que, con las contracciones y la gravedad, se facilitara la expulsión del feto y se minimizaran los esfuerzos de la madre e hijo (véase figura 9). En cambio, se cuenta con el registro que las mujeres mayas del sur del país, adoptaban otras posiciones como apoyarse en cuatro extremidades y recibir al recién nacido por detrás o bien, además de la partera, era acompañada por dos ancianas y la parturienta debía vestir una falda larga ceñida debajo de sus pechos desnudos, dos fajas con un nudo que rodeara y delineara la cintura, las cuales ejercieran presión sobre el útero para ayudarla a parir.

Para el alumbramiento, la mujer cambiaba de posición, en el que se presionaba el torso contra la pierna derecha, oprimiendo el abdomen y el útero para facilitar la salida de la placenta, por lo que era probable que el corte del cordón umbilical se llevase a cabo después de la expulsión de la placenta, con el fin de suministrar la mayor cantidad de sangre y oxígeno al recién nacido.

La unión entre la madre y el hijo por medio del cordón umbilical tenía un gran significado en la ideología prehispánica, ya que suponía la unión entre lo precioso y el cielo. El cordón umbilical se denominaba macayotl en náhuatl, que significa linaje y a la vez, cuerda. Al cortar el cordón umbilical, la partera pronunciaba un bello discurso al recién nacido y en caso que fuese niño, el cordón umbilical se entregaba a un guerrero para que lo enterrara en territorio enemigo, con ello se pretendía infundir la fuerza y valor al futuro guerrero y en caso que fuese niña se enterraba en el hogar. Entre lo espiritual y lo mágico, el cordón umbilical suponía una especie de hermano espiritual que atraía a las personas hacia el sitio que les correspondía.

Tras el nacimiento, la partera permanecía en el domicilio cuatro días más para cuidar a la mujer y vigilar la lactancia. Esto último era de suma importancia, ya que la lactancia debía durar dos años o más. Los registros escultóricos nos han permitido conocer los utensilios de porteo, en los que se utilizaba una tela larga llamada rebozo en el que se envolvía al bebé, el cual se acomodaba en la espalda, en la cadera de la madre o enfrente para tener acceso libre al pecho. De igual forma, esto permitía un mejor desarrollo emocional entre la madre y el hijo, creando un gran apego. En esos primeros días sucedían otros ritos como el enterrar la placenta en un rincón de la casa.


La imposición del nombre era otro acontecimiento importante en la sociedad azteca. El padre debía ir con el sacerdote y notificar el día y la hora del nacimiento en el libro de los destinos o Tonalamatl, en el que se escogía el nombre más adecuado y la fecha propicia para ponérselo, esto aseguraba la buena o mala ventura según la calidad del signo en que había nacido. Para los aztecas, los últimos cinco días del año eran de mal augurio, por lo que intentaban evitar ponerle el nombre al recién nacido durante estos días, a fin de que no tuvieran una vida desafortunada.

Ahora bien, las parteras concretamente en el Querétaro antiguo, estaban profundamente arraigadas en la tradición indígena y mestiza, eran figuras comunitarias sagradas y sanadoras que guiaban el nacimiento mediante saberes ancestrales, uso de hierbas y masajes. Su labor combinaba la atención física del parto y posparto con elementos espirituales y el conocimiento del cuerpo femenino.

En la antigüedad y durante gran parte del siglo XX, la figura de la partera tradicional fue fundamental en todo el estado de Querétaro, con mayor concentración en zonas indígenas y rurales donde no había médicos.

Los municipios con mayor arraigo histórico de parteras son: Amealco de Bonfil: Destaca por la tradición de parteras indígenas otomíes que han manejado el uso de herbolaria (como el zoapatle) de generación en generación. Jalpan de Serra: En la región de la Sierra Gorda, se documenta una fuerte tradición de parteras (como Doña Eleuteria Vega Reséndiz en los años 50) que atendían los partos ante la ausencia de centros de salud.

Tolimán, Cadereyta y Colón: Al ser parte de la zona otomí-chichimeca (Semidesierto), estas áreas conservan conocimientos ancestrales de medicina tradicional y partería. Querétaro (Capital): Históricamente, en la ciudad de Querétaro también existían parteras, una tradición que sobrevive hasta la actualidad.

En síntesis, la partería en nuestro país, y particularmente en Querétaro ha estado ligada históricamente a las comunidades indígenas (otomíes y chichimecas) y a la medicina tradicional que incluía masajes, uso de plantas medicinales y oraciones.

Facebook: Heidy Wagner Laclette

Cronista Honoraria de Cadereyta de Montes

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