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"HÁBITOS MEXICANOS QUE TIENEN SU ORÍGEN EN LA ÉPOCA PREHISPÁNICA"

  • Corresponsal de "Al Dia"
  • 24 ene
  • 5 Min. de lectura


Los habitantes de la Gran Tenochtitlán nos dejaron una herencia inigualable, una riqueza cultural tan única que todavía está presente en nuestra vida cotidiana. Los pueblos originarios poseían una cultura que debemos preservar, sin reservas, sin prejuicios mezclado con lo español, que también, y a pesar de todo, vino a enriquecer el país creando un híbrido fascinante que sigue en pie.

Los avances matemáticas y astronomía, el trabajo arquitectónico de las viejas culturas nos siguen sorprendiendo hasta el día de hoy, por la majestuosidad de sus pirámides y centros ceremoniales entre otras cosas.

Desde la época prehispánica venimos heredando generación tras generación diversas prácticas, muchas de estas ya normalizadas, pero vale la pena conocer su origen, por ejemplo, hablar en diminutivo. Los pueblos originarios se expresaban con los niños de una manera más cariñosa que con el resto de la gente, llamándolos con apodos tiernos como cocoton (migajita en náhuatl), o nishi (pequeño en hñahñu). Esta es una costumbre ha sobrevivido hasta nuestros días, no solo en nuestro trato a los más pequeñitos, sino en el uso que hacemos de los diminutivos en nuestro día a día.

Concretamente llamar “escuincles” a los niños, es otra costumbre antigua en México, y esto se debe a que el Xoloitzcuintle es una raza de perro nativa de México. Estos perritos carecen de pelaje y pueden tener tres tamaños distintos. Son perros que de pequeños son muy inquietos, celosos y hasta groseros con los desconocidos, aunque muy cariñosos con su dueño. Además, nunca se cansan de jugar, evidentemente en su comportamiento tienen mucha semejanza con los niños pequeños.

Afortunadamente hay prácticas que hoy en día seguimos llevando a cabo, una de estas es bañarse dos veces al día. Al llegar los españoles a nuestro continente notaron que la población era extremadamente limpia y que, además de bañarse dos veces por día en ríos y arroyos, todas las casas contaban con un temazcalli (una casa donde se suda, en náhuatl). Y que ambas cosas eran parte de la rutina diaria de aseo personal. Cabe destacar el contraste con las costumbres de los españoles, que casi ni se bañaban.

Otra es hacerse tatuajes, aunque podríamos pensar que es parte de la modernidad, resulta que en la antigüedad eran considerados un símbolo de valentía, pues en aquellos tiempos se hacían con espinas de cactus. Los tatuajes, además, contaban historias, leyendas y hazañas y, cuando se veía a una persona con un tatuaje, de inmediato se sabía que tenía algo que contar. La Iglesia Católica trató de “satanizar” el uso de tatuajes y, si bien aún hay mucha gente que asocia el tatuaje con la delincuencia, muchos mexicanos le temen a llevar historias escritas en nuestro cuerpo.

Por sí fuera poco, lavarse los dientes después de cada comida es una práctica antigua. Es bien sabido que los nativos del continente americano siempre fueron muy limpios, y el cuidado de los dientes no fue la excepción. Para ello usaban una mezcla de miel y cenizas de tortilla, ya que la miel es antibacteriana y las cenizas funcionan como un pulidor para los dientes. Los españoles se mostraron muy sorprendidos al notar las sonrisas blanquísimas de los indígenas quienes, además, conservaban su dentadura hasta la muerte.

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También podríamos pensar que disfrutar de un delicioso raspado es parte de la época actual, pues no, historiadores narran que el Señor Motecuhzoma Xocoyotzin II, Señor de Tenochtitlan, ordenaba traer nieve desde el volcán Popocatépetl solo para que le fuera preparado un manjar hecho de nieve, jarabe de frutas, flores, vainilla o miel. Era un postre tan exclusivo que solo la nobleza podía consumirlo.

Una frase común es que “a cada capillita le llega su fiestecita” y esta tiene su origen desde que llegaron los españoles, se encontraron con que cada villa o pueblo contaba con una deidad patrona diferente y que la misma tenía un día especial para ser celebrada. Mucho tiempo después, a raíz de la invasión europea, los templos fueron derribados y las deidades originarias fueron suplantadas por santos católicos. Sin embargo, hoy persiste la costumbre de celebrar al santo patrono del pueblo.

En cuanto a gastronomía, los mexicanos no podemos pasar un día sin comer tortilla o picante. La comida mexicana se basa en los ingredientes prehispánicos: frijol, maíz y chile. Tenemos ollas de barro, cucharas de madera y molcajetes que usamos para preparar chocolate, tepache o pulque. La comida nativa no sufrió grandes transformaciones desde la invasión europea y solo se le agregaron nuevos ingredientes llegados de otros continentes. Estas adiciones mejoraron los sabores y, aunque crearon algunos alimentos nuevos, la esencia es la misma hasta nuestros días.

También en el México prehispánico ya era una costumbre disfrutar de la gran variedad de agua de frutas, gusto que resultó extraño a los europeos, puesto que en aquel continente no se conocía la variedad de deliciosas frutas que hay en México.

Los antiguos mexicanos curaban todos los malestares físicos con hierbas aromáticas y medicinales. A pesar del desprestigio que sufrieron las hierbas, producto del colonialismo primero y de las compañías farmacéuticas después, la historia nos recuerda que para nosotros no hay nada mejor que consumir lo que nos ofrece la tierra para curar los malestares. Infusiones, tés, ungüentos, etc. En este sentido podemos hacer referencia a la biblioteca de Texcoco, que fue destruida por los españoles, se contaba con un registro de alrededor de tres mil plantas curativas.

Otra práctica tiene que ver con nuestra creatividad. Según textos de los cronistas de los españoles, estos sintieron una gran admiración por la gran creatividad de los indígenas. Hoy en día sucede exactamente lo mismo, los mexicanos muchas veces no necesitamos de herramientas especiales para realizar nuestras tareas y nos basta lo básico para solucionar nuestros problemas: unas pinzas, un alambre y un desarmador, o cualquier otro elemento que sirva de momento para arreglar un desperfecto en casa o en nuestro automóvil.

Otra costumbre que nos caracteriza desde la antigüedad es celebrar el culto a la muerte. Desde antes de la llegada de los españoles, en el actual territorio mexicano siempre se vio a la muerte como algo natural, como una transición inevitable por la que hay que sentir respeto y veneración, pues es la última de nuestras moradas. Actualmente, los mexicanos convivimos con la muerte en una relación de respeto y humor.

No existe mexicano que no haya ido al tianguis, ni las familias que asisten al tianguis como si fuera un evento familiar, un ritual, van heredando la tradición. Además, una práctica que sostiene a miles de familias mexicanas a través del comercio.

A nuestro alrededor hay palabras de diversas lenguas prehispánicas, y hoy están tan arraigadas en el lenguaje diario que los vocablos antiguos pasan desapercibidos. Pero la lengua prehispánica está viva en palabras como Xochimilco, metate, molcajete o Nezahualcóyotl entre muchas otras.


Facebook: @HeidyWagnerLaclette

Cronista Honoraria del Municipio de Cadereyta de Montes.

 
 
 

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